La terapia infantil sería maravillosa… si no existieran los papás
Por: Maravilla García.
Voy a decir algo que seguramente va a incomodar, pero ni modo: la mayoría de los niños que llegan a terapia no son el verdadero problema. Y aclaro algo antes de que alguien se me ofenda: todavía no soy psicóloga ni doy terapia. Esto no lo digo desde el consultorio, lo digo desde lo que he escuchado en clase, lo que he visto en prácticas, lo que cuentan los profesores… y desde algo todavía más real: mi experiencia como madre y como amiga de muchas otras madres y padres.
La escena se repite más de lo que nos gustaría aceptar. Adultos hablando del niño como si fuera el único ser humano de la familia con emociones, conductas y áreas de oportunidad. “Es que mi hijo es berrinchudo”, “no obedece”, “es agresivo”, “algo le pasa”. Y mientras los escuchas, es imposible no pensar: sí, algo le pasa… vive aquí.
El adulto casi siempre llega con la idea clarísima de que el único que necesita ayuda es el niño. Ellos no. Ellos están bien. Cansados, estresados, saturados, con mil pendientes y cero espacio emocional, pero bien. Y entonces pasa algo maravilloso: adultos completamente desregulados pidiéndole a un niño que se calme, que piense antes de actuar y que controle sus emociones. Claro, porque eso es facilísimo… sobre todo a los cinco años.
Desde lo que se aprende en Gestalt (y desde el sentido común), esto tiene bastante lógica. El síntoma no aparece porque sí, aparece en un contexto. El niño no se despierta un día diciendo “hoy voy a portarme fatal para justificar una cita con el psicólogo”. El niño responde a lo que vive, a lo que siente, a lo que no se dice y a lo que nadie quiere mirar. Pero mirar hacia adentro incomoda más que señalar hacia abajo.
Cuando se sugiere que los adultos también tendrían que revisarse un poco, el ambiente cambia. Aparecen frases como: “yo no necesito terapia”, “el problema es él”, “yo ya intenté todo”, “no tengo tiempo”. Traducción libre: quiero que cambie, pero sin que me muevan ni tantito. Y pues no. Así no funciona ni la crianza, ni la terapia, ni la vida adulta.
Lo más irónico es que estos mismos adultos esperan que el niño haga lo que ellos no hacen: autorregularse, pensar antes de reaccionar, tolerar la frustración, adaptarse, comunicarse mejor. Todo eso que a los adultos les cuesta años de trabajo personal, se lo exigen al niño… y rápido, porque ya se acabó la paciencia.
El resultado es bastante claro: niños emocionalmente agotados, actuando lo que no saben decir. Porque el niño no dice “estoy saturado emocionalmente”, dice berrinche. No dice “necesito límites claros”, reta. No dice “necesito que alguien se haga cargo”, desobedece. El niño no manipula, expresa como puede.
Y entonces llega la frase estrella: “la terapia no está funcionando”. No, la terapia sí funciona. Lo que no funciona es creer que llevar al niño equivale a hacerse responsable. Pagar no es lo mismo que implicarse. Delegar no es lo mismo que acompañar.
Y aquí va mi postura personal, sin rodeos: cuando yo sea una futura psicóloga chingona, con maestría para dar psicoterapia, ni en drogas atendería niños. Y no, no es por los niños. Es por los papás. Porque muchos adultos quieren que alguien más haga el trabajo emocional que ellos no están dispuestos a hacer.
Y antes de que alguien se sienta atacado: lo digo justo porque soy madre. Porque criar es difícil, cansa, abruma y a veces nos rebasa. Pero una cosa es estar cansado y otra muy distinta es negar que también somos parte del problema. Los niños no vienen a terapia porque fallaron; muchas veces vienen porque el sistema familiar ya no dio para más.
Así que no, la terapia infantil no sería maravillosa si los niños “cooperaran más”. Sería maravillosa si los adultos dejaran de pensar que no tienen nada que trabajar. Porque aunque no nos encante escucharlo, muchas veces el niño no es el problema… es el síntoma más honesto del sistema familiar.
Y eso, aunque incomode, también educa.
Qué tema tan interesante, Ara. Me parece muy acertado y necesario lo que planteas sobre la terapia infantil, porque muchas veces se piensa que el problema es solo el niño, cuando en realidad los adultos tenemos un papel muy importante, e incluso somos gran parte del problema. Aunque incomoda leerlo, es una realidad que pocas veces se quiere aceptar.
ReplyDeleteMe gustó cómo explicas que las conductas de los niños no aparecen de la nada, sino que responden a lo que viven en su entorno familiar y emocional. Tu texto invita a hacernos responsables, a mirarnos y a entender que llevar a un niño a terapia no es suficiente si los padres no estamos dispuestos a trabajar en nosotros mismos. Es un mensaje fuerte, pero honesto y necesario, que deja mucha reflexión sobre la crianza y el verdadero sentido de la terapia.
Justo en este momento me siento frustrada, he conectado tanto con este post que casi lloro, he ido a terapia, he llevado a mi hija y a demás pude ser testigo del gran cambio que esto significó. No es fácil y mucho menos cuando mejorar implica sentirse vulnerable, atacado, recordar, entender, aprender o re aprender y salir de la zona de confort y todo eso duele, literalmente implica llorar y esas emociones difícilmente son agradables. Claro que la recompensa es muy satisfactoria cuando uno esta dispuesto a sacrificar algunas cosas como orgullo y querer tener la razón siempre. Sin embargo esto es real en pocos casos. Y es muy frustrante cuando hay mejoría en los jóvenes pacientes ( refiriéndome al paciente como una persona que va desde 4 años hasta un adulto, porque nunca dejamos de necesitar que nuestros padres asistan a terapia, escuchar un la regué, lo siento, te amo ...) pero eventualmente hay estancamiento porque en el núcleo familiar no ha habido ningún cambio y por muchas herramientas que se le otorguen al paciente, muchas veces se reduce a algo así como "cuando pueda me saldré de casa y ya no los visitaré más" lo cual deja un sabor amargo a la perspectiva de la familia que al no entender que el cambio debe ser en todo el contexto buscan normalmente un culpable, y que muchas veces éste suele ser el terapeuta el cual seguramente lleno de ideas negativas al paciente, haciéndolo más rebelde, porque tampoco entendemos que asistir a terapia no siempre significa algo positivo para todos y menos si eso implica que nos pondrán limites, que la otra persona aprenderá a priorizarse y alejarse de malos ambientes , o simplemente se dice que llevar a nuestro hijo no funcionó por que no obtuvimos los resultados que nosotros queríamos como padres.
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